
PSICÓLOGA Y PSICOANALISTA

En la crianza contemporánea suele pensarse que amar a un hijo es no frustrarlo, no decirle que no, dejarlo ser. Bajo esta lógica, la permisividad aparece como sinónimo de cuidado y respeto. Sin embargo, desde la experiencia clínica sabemos que no todo lo permitido es vivido como amor, ni toda ausencia de límites es interpretada como libertad, tal como plantea Knobel:
“La excesiva permisividad, es vivida por el niño como una falta de atención, y puede significar en realidad, una verdadera despreocupación por parte de los padres; mientras que un exceso de autoridad, cierta desmesura a la hora de enseñar ciertas reglas, puede ocasionar graves patologías y ser también un modo encubierto de maltrato e intimidación de los padres respecto a sus hijos: Camila tiene problemas en el colegio, la tutora del curso se ocupó de averiguar lo que le pasaba, nunca traía los deberes hechos, parecía no prestar atención en clase, estar siempre en la luna; al hablar con sus padres estos comentaron que nunca le preguntaron si tenía deberes o no, tampoco sabían que horarios hacía su hija y no se preocupaban por sus actividades ni amigos. El caso de Camila como el de muchos niños nos permite pensar que su fracaso escolar no era más que un pedido de auxilio, una llamada de socorro para que alguien, algún adulto responsable, se ocupe de ella y de su falta de límites.”
Esta cita pone de relieve un punto fundamental: los límites no son meras normas de convivencia, sino una forma de presencia. Para un niño, que nadie pregunte, que nadie supervise, que nadie se interese por su rutina, puede vivirse como una señal clara de abandono, incluso cuando no exista una intención consciente de descuido por parte de los padres.
El caso de Camila ilustra cómo ciertos síntomas —el fracaso escolar, la distracción constante, la falta de compromiso— no siempre hablan de desinterés o incapacidad, sino de un mensaje dirigido al Otro. Cuando el adulto no ocupa su lugar, el niño puede hacerlo a través del síntoma. No traer los deberes, “estar en la luna”, no responder a las exigencias escolares, puede convertirse en una manera de decir: mírenme, ocúpense, pónganme un límite.
Ahora bien, el extremo opuesto tampoco está exento de consecuencias. Un exceso de autoridad, reglas rígidas impuestas sin escucha ni flexibilidad, puede producir efectos igualmente nocivos. Cuando la norma se vuelve desmesurada, cuando la autoridad se ejerce desde la intimidación o el control absoluto, el límite deja de ser organizador y se transforma en violencia encubierta.
Entre la permisividad absoluta y la autoridad excesiva, se juega una cuestión central: la función del adulto como referencia. Educar no es ni desentenderse ni someter, sino sostener una presencia que cuide, que delimite y que, al mismo tiempo, reconozca la singularidad del niño.
Escuchar los síntomas infantiles implica no reducirlos a problemas de conducta o rendimiento, sino interrogarlos como posibles pedidos de auxilio. Allí donde un niño falla, muchas veces lo que falta no es capacidad, sino un adulto que asuma la responsabilidad de marcar un camino, de poner palabras y de ofrecer límites que no aplasten, pero tampoco abandonen.
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Referencias:
El psicoanálisis con Adolescentes. Joseph Knobel Freud.
Imagen: Canva
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