
PSICÓLOGA Y PSICOANALISTA

La depresión no se reduce a un estado de ánimo ni a una falla individual. Lo que la vuelve tan particular —y tan difícil de soportar— es que toca el núcleo mismo de la relación con la vida. No se trata solo de estar triste o cansado, sino de experimentar una detención del impulso vital: el tiempo se aplana, el porvenir se borra y el cuerpo ya no responde al llamado de la acción. Como señala Ehrenberg:
Lo que la depresión tiene de particular es que indica la impotencia misma de vivir; que se expresa por la tristeza, la astenia (la fatiga), la inhibición, o esa misma dificultad de iniciar la acción que los psiquiatras llaman disminución psicomotriz. El deprimido, devorado por un tiempo sin futuro, se encuentra sin energía, enredado en un ‘nada es posible’. Fatigados y vacíos, agitados y violentos, en suma, nerviosos, medimos en nuestros cuerpos el peso de la soberanía individual.
La sociedad exige al sujeto iniciativa y aptitudes por encima de él mismo, pero no es una cuestión de voluntad: no es que “no quiera”, sino que no puede. En ese estado, el tiempo pierde su orientación. El presente se vuelve pesado, repetitivo, cerrado sobre sí mismo. Todo proyecto parece anticipadamente fallido y el esfuerzo requerido para cualquier acción resulta desproporcionado.
Este padecimiento no se produce en el vacío. Vivimos en una época que coloca sobre el individuo la responsabilidad casi total de su destino. La exigencia de autosuficiencia, rendimiento y control permanente transforma la promesa de libertad en una carga silenciosa que, cuando se vuelve imposible de sostener, encuentra en el cuerpo su vía de expresión.
Desde el psicoanálisis, la depresión no se piensa únicamente como algo a suprimir, sino como un modo en que el sufrimiento se manifiesta cuando el deseo queda detenido y la palabra empobrecida. El trabajo analítico no busca forzar la acción ni acelerar el alivio, sino abrir un espacio donde ese tiempo sin futuro pueda ponerse en palabras, permitiendo que algo de lo vivo vuelva, poco a poco, a ponerse en movimiento.
Referencia:
Alain Ehrenberg.
La fatiga de ser uno mismo.
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En la primera sesión se abre un espacio para escuchar tu historia, tus síntomas y aquello que hoy te causa malestar. Más que identificar un motivo de consulta como algo fijo, se comienza a comprender lo que te inquieta y lo que se repite en tu vida. Es normal no saber qué decir al inicio. Lo importante es que puedas hablar con libertad. En terapia, la palabra permite ordenar lo que te pasa y descubrir aspectos que quizá no habías considerado. El trabajo de un terapeuta es ofrecer un espacio profesional de confianza para que puedas expresarte sin juicios. Aunque el enfoque es profundo y orientado a la raíz del malestar, este proceso también busca generar cambios concretos y soluciones sostenibles en tu vida diaria: decisiones más claras, alivio emocional y nuevas formas de relacionarte contigo y con los demás. El terapeuta acompaña este recorrido, sosteniendo un espacio donde puedas comprenderte mejor, aliviar tu conflicto, y encontrar modos
más sanos de vivir lo que hoy te afecta.

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